Alberto Arce. Periodista.

octubre 20th, 2011 § 3 comentarios

Soy periodista y quiero que todos podamos seguir siendo periodistas.

Despues de ser reportero Plaza Pública, en Guatemala, donde tuve una segunda oportunidad, una segunda juventud, ahora soy corresponsal de Associated Press en Tegucigalpa.

Me gusta ese periodismo que se acerca. Que se mete en medio. Así es como trabajo. Siempre cerca.

En la barra lateral, donde pone recopilación de reportajes pueden leerse la serie de reportajes publicados en EL MUNDO, LA VANGUARDIA, PERIODISMO HUMANO; FRONTERAD, VICE, DIAGONAL o DIRECTE también en 2010, lo hecho en Libia para Euronews, Radio Francia Internacional o AFP y los reportajes guatemaltecos en PlazaPública.

“To shoot an elephant”. Medio mundo de festivales de cine. Unos cuantos premios.

Interesante, la colaboración entre el Institut Catalá Internacional Per la Pau y PeriodismoHumano, que me ha permitido producir los especiales Irak , posguerraVida diaria en Kabul

El Curriculum Vitae  tradicional está en su correspondiente linkedin

Wendy en Guatemala, el país de nunca jamás.

septiembre 16th, 2011 § 2 comentarios

Para Plaza Pública.

Wendy es queqchí, tiene dos años y medio y pesa 6 kilos. Ya ha perdido un ojo y es probable que si sobrevive crezca totalmente ciega y con un importante retraso intelectual. Sufre las peor de las modalidades del Síndrome de Desnutrición Severa. El hambre de Wendy, como el de tantas otras niñas guatemaltecas no es una entelequia. Tiene cara, causas y soluciones, contextos y responsabilidades. Incluso historia.

La familia de Wendy es una de las 800 familias desalojadas entre marzo y mayo de este año de las tierras en las que vivían y plantaban maíz en el Valle del río Polochic, Alta Verapaz. El operativo de la Policía Nacional Civil, el Ejército guatemalteco y la seguridad privada del ingenio Chabil Utzaj, no se contentó con la expulsión física de varios miles de personas de las tierras que ocupaban. También quemaron el maíz plantado, por el que se habían endeudado y que podría evitar que casos como el de Wendy se repitan. Plaza Pública ha seguido los eventos del Valle del Polochic desde su inicio.

Durante el desalojo del que Wendy ha sido víctima y hasta hoy, han muerto tres campesinos y varios más han resultado heridos por arma de fuego, han tenido lugar decenas de hechos violentos por parte de grupos paramilitares y el estado guatemalteco no ha cumplido las Medidas Cautelares respecto a la alimentación, salud y seguridad impuestas el pasado 20 de junio por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDG) para la protección de las 800 familias queqchíes desalojadas y que tenían como plazo de cumplimiento el pasado 5 de julio. Dichas medidas se limitan a garantizar la seguridad física, la salud, la alimentación y el techo de estas 800 familias.

Una asamblea de representantes de las 800 familias expulsadas organizada por los Comités de Coordinación Campesina (CUC) y una sesión de diálogo entre sus representantes y la COPREDEH (Comisión Presidencial para los Derechos Humanos de Guatemala) más una noche en vela junto a los miembros de la Comunidad que actualmente “semiocupa” la Finca Paraná, nos permite elaborar un mínimo recuento de hechos y responsabilidades respecto a casos como el que protagoniza este reportaje, espejo de las peores consecuencias de la desnutrición infantil que azota Guatemala.

“Tenazmente ordinario” e “indistinguible” de cientos de protestas indígenas y de cientos de reacciones de la élite desde el gobierno colonial y durante la República. Esos son los términos que Greg Grandin, el académico que más lo ha estudiado, utiliza para referirse al conflicto por la tierra en el Valle del Polochic. En 1871 la revolución liberal escrituró, expropiando por primera vez, las tierras que los queqchíes habitaban siglos atrás. Desde entonces hasta hoy en día, los indígenas no han dejado de morir luchando por reivindicar su derecho a cultivar las tierras a las que ancestralmente pertenecen. La actual no es más que la reedición de un conflicto por la tierra anclado en los siglos. El hambre de Wendy no es más que una de las consecuencias de un sistema de distribución de la tierra a todas luces fallido.

Una asamblea teñida de miedo.

El jueves 1 de septiembre, en una ladera de la Sierra de las nubes tiene lugar, al aire libre, una asamblea de 25 campesinos, hombres y mujeres queqchíes, que se abanican y buscan sombra escapando del calor y la humedad, tratando de espantar el manto de mosquitos que les ataca. Son los representantes de las 800 familias desplazadas. Preparan su estrategia en una Finca ocupada hace años, bajo un cartel que recuerda a Mama Maquín, campesina asesinada en 1978 por el ejército mientras reclamaba su derecho a la tierra en una masacre a pocos kilómetros de allí. La masacre de Panzós.

Gran parte de la misma se va en gestionar la manera de calcular el pago por el largo y costoso transporte que les permite asistir a la reunión, inasumible para sus bolsillos así como el debate sobre la posibilidad de entregarle al Estado listados detallados de nombres y ubicación de las familias desalojadas de los terrenos gestionados por el Ingenio Chabil Utzaj para la evaluación de sus necesidades. El miedo atenaza a los campesinos. “¿Por qué no hicieron ese listado antes del desalojo?, ¿Por qué no nos lo preguntaron y gestionaron la comida, el techo o la salud y nos desalojaron como a animales dejándonos sin un lugar al que ir?. ¿Cómo podemos confiar en ellos ahora?” son las preguntas más repetidas.

Durante varias horas, los campesinos hacen recuento de la serie de intimidaciones de las que son víctimas desde hace meses. Insisten en que la primera de sus reclamaciones es desmantelar los cuerpos paramilitares que siembran el terror a lo largo del Valle del Polochic, presuntamente organizados por la empresa y tolerados por la inacción -cuando no colaboración abierta- de la policía. El resultado de su coacción es evidente. Cada vez son menos quienes se atreven a seguir implicados en la lucha por la tierra. La lista de testimonios es larga.

A E.H. la persona que ha organizado la reunión y la traduce del queqchí al castellano le han buscado en su casa de Panzós. “Los Widmann (dueños del ingenio) nos tomaron fotos a todos los líderes, luego la seguridad privada vino a buscarme a mi casa hasta en tres ocasiones. Yo me escondo y hablan con mi mujer y mis hijas. Lo disfrazan de oferta de trabajo y siempre acaban diciendo que la mejor manera de garantizar mi seguridad sería abandonar el grupo y trabajar para ellos. Que de otra manera, algo podría sucederme”.

No es el único campesino amenazado. El pasado 24 de agosto a J.B. lo sacó la Policía Nacional de una camioneta en la que regresaba de El Estor a su comunidad. Tras bajarle delante de todos los pasajeros y revisar todas sus pertenencias, rodearle e intimidarle sin motivo, 12 policías le advirtieron. “Si seguís creando problemas en las fincas te vamos a joder”. A V.C. de Miralvalle le han increpado en varios ocasiones. Siempre de la misma manera. “Se acercan en moto y me dicen que si llevasen pistola me dispararían ahí mismo por no dejar de joder a los patrones” y a M. C. de Riofrío, le han gritado y amenazado con armas desde la parte de atrás de la casa de un familiar en la que vive desde que fue desalojado.

De la reunión con la COPREDEH a una noche en una finca ocupada.

Un día después de la asamblea campesina, el viernes día 2 de septiembre, tuvo lugar la segunda de las sesiones de diálogo entre la Comisión Presidencial para los Derechos Humanos y los campesinos en La Tinta para evaluar el cumplimiento de las Medidas Cautelares de la CIDG. Discusiones hipotecadas en torno al miedo de los campesinos a ser filmados y fotografiados sentaron las bases de un diálogo de sordos. La traducción, deplorable, trufada de omisiones y reiteradamente valorativa de los intérpretes de queqchí ofrecidos por el gobierno, no sirvió más que para encrespar aún más los ánimos.

Para comprender físicamente el miedo que atenaza a los campesinos y contextualizar su relación con la estructura del estado es necesario recorrer las horas de camino que van desde La Tinta, donde tiene lugar la reunión hasta la Finca Paraná, en el municipio de Panzós. Y hacerlo de noche. Allí, la escena recuerda a una de esas películas de terror de montaje vertiginoso tan de moda últimamente. En medio de la oscuridad, los rayos de una tormenta eléctrica permiten distinguir, en flashes de apenas un segundo, la sombra de varios hombres que se mueven en la oscuridad y nos acompañan, casi a tientas, por un camino que conduce a una estructura de apenas 5 metros de largo por tres de ancho, formada por dos chapas metálicas y varios postes que las sujetan.

En la Finca Paraná vivían 92 familias. Tras el desalojo del pasado marzo, 22 resistieron aquí, entre los restos de las 10 caballerías de maíz que habían plantado, ahora quemados, y la carretera. Una pequeña hoguera deja entrever ver lo primero que quieren enseñarnos, una serie de agujeros provocados por impactos de bala. El pasado 10 de agosto, 3 pickups con unos 30 miembros de la seguridad privada del ingenio Chabil Utzaj les atacaron en plena noche, hiriendo con armas de fuego a 3 personas, entre ellas, una mujer y un niño. Desde entonces, mujeres y niños duermen en otro lugar y los hombres hacen guardia.

Insisten en la recurrencia de dichos ataques. Apenas dos horas después de llegar, se disipa cualquier duda respecto a su relato. Dos ráfagas de seis disparos cada una se imponen sobre la sinfonía de sonidos que inunda cualquier noche en el campo. Varios de los campesinos echan a correr, asustados, mientras otros se distribuyen estratégicamente y se preparan para repeler una hipotética agresión directa. De producirse, habría muertos. No cabe la menor duda. Las armas, a ambos lados de la barrera. Aquí y allí. Durante más de una hora quienes han disparado caminan en línea recta paralelos al lugar en el que nos encontramos, las linternas que portan señalan su ubicación exacta.

Federico C. uno de ellos, contextualiza “Yo ya he luchado antes. Pero no junto a los míos. En 1987, cuando tenía 14 años, el ejército guatemalteco me secuestró en Teleman y tuve que combatir con ellos durante seis años. Estoy preparado para defender la tierra. Si caminamos hacia el río, puedo enseñarte el lugar en el que hay muchos campesinos enterrados. Los mató el ejército. Esta tierra está regada con nuestra sangre y la ocupación de esta finca es lo más cerca que he estado en mi vida de tener una tierra propia. Si no les dejo a mis hijos una tierra de propia se morirán de hambre”.

Si casa es el lugar donde alguien cocina, duerme y proyecta un futuro mejor que el presente para sus hijos, estos 22 campesinos llevan casi un año defendiendo sus casas y están dispuestos y preparados para continuar haciéndolo. El sueño y el silencio acaban imponiéndose. Los hechos, incontestables. Alguien está interesado en meterles miedo. Aún así, los campesinos describen esta noche como tranquila. Pero eso no es todo.

“Ayer (1 de septiembre) los trabajadores del ingenio llegaron con un tractor, acompañados de su seguridad privada y de la Policía Nacional y comenzaron a plantar la caña de azúcar”. Mientras las mujeres preparan unas tortillas de maíz negro Marcelino C. nos enseña los surcos de la plantación que llegan, literalmente, hasta la estructura que habitan. Llenos, aún, de mazorcas y plantas de maíz quemadas. “La Policía Nacional siempre está con ellos, les protege a ellos y no a nosotros. Vienen cada día y mientras trabajan, nos amenazan”.

Y así, recorriendo los alrededores de la finca para conocer a las familias, llegamos tras el miedo, al hambre. Venancio B. tiene 50 años y dos hijos. Me muestra su cabaña. A Venancio, lo que más le duele es la imagen que transmiten al exterior. “Cuando alguien pasa por la carretera o nos visita, puede llevarse de que somos unos vagos porque no estamos trabajando la tierra. Pero yo llevo trabajando desde que recuerdo y sólo quiero trabajar la tierra para mis hijos y no para otro por una miseria de jornal”.

Alrededor de las paredes, su riqueza. “La calabaza, el pepino y la sandía salen casi solos, pero ya se nos han acabado”. En el interior de la vivienda, su pobreza extrema. Una cama de cartón, una cuna y un andador de madera hechos a mano son, junto a un molino de maíz manual todas sus pertenencias. “Ayer no comimos pero para mañana me han prometido una jornada de trabajo. Me pagarán 30 quetzales así que he pedido fiado un paquete de harina que ha costado 12 y con eso mi mujer podrá cocinar unas tortillas para dos días”. ¿Pasan hambre? “Sí. Pero no somos los que peor estamos. pregúntale a Federico”. Federico, que pese a compartir varias horas de diálogo nocturno sobre sus experiencias en el ejército durante la guerra civil, no nos había hablado, por pudor, de la situación de su familia, nos lleva al lugar donde está Wendy está muriéndose de hambre y termina así de dibujarnos el mapa de la absoluta falta de aplicación por parte del Estado de las Medidas Cautelares impuestas por la CIDH para la protección de las familias desplazadas por la violencia.

Contextualizada la situación sobre el terreno, regresamos a la reunión con la COPREDEH. A un lado, campesinos cansados de plazos, reuniones e incumplimiento de lo acordado, a otro lado, representantes del Estado imbuidos de un respeto a larguísimos y detallados procedimientos institucionales que, por más repetidos, explicados y comprendidos, no casan con un dato cierto y de inaplazable respuesta. Casi nada de lo que se dice se cumple. El dislate entre discurso oficial y hechos sobre el terreno es inmenso, dando lugar al firme convencimiento de que la estrategia estatal es la de la dilación. A fin de cuentas, quedan días para las elecciones y para ellos es más fácil ganar tiempo y pasarle la resolución de este conflicto al gobierno que salga de las urnas el próxima día 11 de septiembre.

Según Vinicio Vargas, Delegado de la Secretaría de Seguridad Alimentaria de la Nación en Alta Verapaz “Hemos tratado de identificar a los posibles beneficiarios, pero no hemos podido encontrarles ya que se encuentran dispersos en lugares de difícil acceso y a lo largo de grandes distancias”. Los periodistas encontraron a Wendy en una cabaña sobre la carretera, a 100 metros de la Finca Paraná, centro simbólico del conflicto por la tierra y en apenas dos horas después de que amaneciese el sábado día 3 de septiembre.

Byron Oliva, Asesor legal del Ministerio de Salud no cesa de agradecerle su presencia a los organismos de Derechos Humanos que acompañan a los campesinos, los mismos que denuncian su inacción, no cesa de explicar que su departamento “dispone de un sistema de salud preventiva y curativa que funciona según ciertos protocolos que no pueden comenzar sin el levantamiento de listados”. Rosario B. una anciana que habita en Quinich con una mirada, hundida y derrotada que refleja 500 años de sufrimiento, quiere responderle.

Se levanta la camisa, mostrando su brazo izquierdo, casi inmovilizado. Un golpe que recorre la escala cromática desde el amarillo hasta el negro impacta, como evidencia, sobre la vista de los presentes. “El domingo 28 de agosto regresaba junto a mi nieto del mercado de Teleman. Cuatro hombres vestidos de negro y con la cara tapada en dos motocicletas nos rodearon y me golpearon con un palo. Mi nieto comenzó a tirarles piedras y se fueron. Querían asustarme porque saben que la gente me escucha. ¿Qué comportamiento es ese?. Ellos no nacieron aquí, nosotros sí. A ellos los trajo el aire, nosotros le pertenecemos a la tierra”. Rosario le responde al defensor de la salud preventiva y curativa de la República que en el Centro de Salud de Teleman, reciben insultos y se rechaza tratarles bajo la acusación de usurpadores. Siempre el mismo diálogo de sordos. “Denuncien” responde el Estado. “¿Ante quien, si la policía está de lado del Ingenio y su empresa de seguridad, que hasta les invita a comer?” insisten unos campesinos que hace mucho dejaron de confiar en las comisarías.

La COPREDEH entrega copia de un informe de la Dirección General de Servicios de Seguridad Privada sobre las empresas de seguridad que trabajan para el Ingenio Chabil Utzaj. Su lectura, delirante, no sirve más que apoyar la conclusión que se abre paso ante los testigos de la reunión. Se trata de un mero recuento de algunas de las acciones violentas denunciadas por los campesinos e informa de que en el valle operan nada menos que 16 empresas de seguridad privada añadiéndole la identificación de una de ellas, Shield Security, contra uno de cuyos miembros se han abierto diligencias en el Ministerio público. La recomendación, que la Dirección de General de Servicios de Seguridad Privada se coordine de manera con el Ministerio Público. Punto.

José Alberto Artola, delegado de la Gobernación del Estado en Alta Verapaz aporta sus medidas. “Estableceremos un sistema de vigilancia nocturna y abriremos un proceso de evaluación de los agentes de la Policía Nacional Civil destinados en la zona para sustituir a quienes no sean óptimos”. Siempre ubicadas en ese futuro deseable que tan poco les dice a quienes son víctimas diarias de la violencia, las palabras pronunciadas por los representantes de la seguridad del Estado se contradicen con los hechos constatados sobre el terreno por los periodistas. 24 horas más tarde, Mateo C. otro de los campesinos, me llamaría para decirme “Aquí están otra vez, los miembros de la seguridad del ingenio acompañados de la Policía Nacional”.

Llega el momento de la propuesta campesina. Clara y prácticamente innegociable. Las 800 familias sujeto de las medidas cautelares que deberían haberse cumplido hace más de dos meses y continúan atrapadas en el paralizante sueño de Morfeo aceptan elaborar los listados. Se reagruparán en tres fincas y allí, bajo techo, en situación de seguridad alimentaria y sanitaria, serán listados y censados para recibir la ayuda estatal. Señalan los lugares, Finca Santa Rosita, Finca Paraná, y 8 de Agosto.

Pero el choque de trenes es total. “El gobierno ni consiente ni avala ocupaciones. Si usted reocupan una finca, levantaremos inmediatamente las medidas cautelares” responde sin el menor titubeo Hugo Martínez, Jefe de la Unidad de Defensa de los DDHH de la Comisión presidencial. “El acceso a la tierra no es parte de ninguna negociación” añade tajante Mildred López, la Gerente del Sistema Permanente de Diálogo Permanente.

El plazo para dar respuesta a las medidas impuestas al estado guatemalteco venció hace dos meses y la reunión terminó con el acuerdo de verse las caras de nuevo el día 29 de septiembre para evaluar la aplicación de las medidas cautelares. Sobre la mesa, siempre la cuestión de los listados de personas desplazadas, sin los cuales el estado asegura que no puede intervenir. Los campesinos desconfían de los cuestionarios presentados por el estado, conscientes de que parte de la información que en ellos se solicita serviría para el señalamiento de sus estructuras de liderazgo y facilitaría pruebas documentales en torno a la ocupación de tierras que permitiría añadir más denuncias legales a las 125 que ya existen contra ellos en estos momentos.

“¿Qué medidas cautelares se suspenderán si no han sido aplicadas?” se pregunta Sergio Beltetón, abogado que representa a los campesinos en nombre de CUC, que añade “nos encontramos ante un choque de trenes que enfrente al Derecho a la propiedad privada con el derecho a la vida y a la alimentación” Mientras convence a los campesinos de que acepten no ocupar ninguna finca más y le otorguen a la COPREDEH un nuevo plazo, hasta el 29 de septiembre, para aplicar unas Medidas Cautelares que, a medida, que pasa el tiempo, parecen sacadas de las páginas de “Esperando a Godot”.

James Barrie imaginó a principios del siglo pasado el “País de nunca jamás” como un lugar en el que personajes como Peter Pan y Wendy podían negarse a crecer para continuar jugando. Guatemala, para la Wendy de la Finca Paraná se convierte hoy, de manera pertinaz, en una terrorífica y postmoderna versión del “País de nunca jamás” en el que un determinado modelo de monocultivo agrario de Palma africana y caña de azúcar posibilitado por esquemas de propiedad y concentración de la tierra que no han cambiado demasiado desde el siglo XIX y protegidos por el uso de la fuerza y la inacción de las autoridades condena a muchos niños a no crecer e Incluso a morir de las peor de las maneras. De la “hambruna verde” que se abre paso entre la vegetación de una de las regiones más fértiles del planeta y que, aún así, presenta según UNICEF una tasa de desnutrición infantil del 49% aumentando hasta el 70% cuando se habla de indígenas como Wendy, cuyo hambre no entiende de plazos. Menos aún, de plazos incumplidos.

Cinco fotos de Guatemala

septiembre 15th, 2011 § 1 comentario

El político.

El acarreo de votos

El corte de ruta

La asamblea.

El campesino.

Así comienza el libro “Misrata calling”, se lo copio a Max Aub en “Campo de sangre”…

julio 26th, 2011 § 5 comentarios

Tengo claro desde que atracamos en Misrata, que algunos “izquierdistas” me odian e insultan más hoy que los defensores de Israel cuando estaba en Gaza.

Y ayer, leyendo lo que escribió Max Aub sobre la guerra civil española, me encontré con la cita que abrirá el libro que estoy escribiendo sobre Misrata.

“os emborracháis todos con lo eterno, lo inmenso, el infinito y sus estrellas, inventáis filiaciones hontanar de las cosas materiales, complicadas genealogías en las cuales os enredáis y que luego, para no complicar, aceptáis de golpe, dispuestos a dejaros degollar por mantenerlas firmes; todo eso es poesía, tabúes.

Y así vive el idealismo, del miedo de herir sueños”.

Misrata, vencer o morir. Casi como el periodismo.

julio 10th, 2011 § 9 comentarios

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Catálogo de lindezas de la guerra: el mortero y sus múltiples usos.

junio 19th, 2011 § 27 comentarios

Esto es un mortero. Tan sólo uno de los tipos de proyectiles que el ejército del Coronel Gadafi lanza de manera indiscriminada contra la ciudad de Misrata desde hace tres meses.

Se me ha ocurrido mostrarlo porque no todo el mundo tiene la oportunidad de ver un mortero, el efecto que provoca y comprender, por tanto, que quien lanza miles de estos pepinos contra una ciudad sitiada suele ser, como mínimo, bastante bestia. A veces se nos olvida. Y algunos prefieren simular que no sucede. Les viene mejor para el slogan.

Vittorio, no te mueras antes que yo, hermano.

abril 14th, 2011 § 54 comentarios

Cuando todo acabó, no pude despedirme de Vittorio.

Salí corriendo de allí por culpa de lo mismo que ahora le está sucediendo a él. Por culpa de una panda de inconscientes que no entienden nada. Por culpa de una panda de animales que ven a un extranjero y piensan que puede servirles de algo.

Pero un año más tarde logramos encontrarnos de nuevo. Como volveremos a encontrarnos en breve.

Fue en Florencia, sentados en un cine. Como espectadores de la película de terror que filmamos juntos durante aquellas tres semanas de mierda. Pasándonos el uno al otro una botella de agua mineral llena de vodka. No teníamos demasiado que decirnos. Con mirarnos y tocarnos todo quedaba claro. Nos dieron un premio. No lo celebramos. Recordábamos cosas como esta.

La noche que comenzó la invasión terrestre.

Para siempre una broma entre nosotros, la más seria de nuestras vidas, la broma a repetir antes de saltar al interior de cada ambulancia. Cada vez que salíamos acompañando a Marwan, a Hassan o a Jamal Al Attya. “Hermano, no te mueras antes que yo”.

Al tipo con el que viví cada día de la Operación Plomo Fundido le están jodiendo.

Vittorio llegó a Gaza en agosto de 2008 para sumarse al grupo del ISM. Durante varias semanas acompañó a pescadores a los que las patrulleras israelíes disparaban e impedían realizar su trabajo en la costa de Gaza. Vittorio fue secuestrado, esposado, encarcelado y deportado de vuelta a Italia. Su delito, filmar con una cámara de video como la armada israelí, en violación de cualquier norma internacional, impide a los palestinos trabajar en el mar.

Apenas dos semanas más tarde, Vittorio regresaba nuevamente en barco a la Franja. Le conocí en Larnaca. Esperando embarcar en el último barco que entró en Gaza. Bebimos mucho y hablamos más. De Orwell y España. De Italia y de Gaza. Del ISM. De los motivos que nos habían llevado hasta allí. De lo que queríamos hacer juntos. De lo que significaba el ISM para nosotros. Sin imaginarnos lo que finalmente haríamos.

La primera noche de bombardeos Vittorio recibió una llamada desde Chipre, le preguntaban si había ido a visitar al tío de un amigo en Gaza. No había tenido tiempo y le comunicaban que la persona a la que debía ver acababa de morir.

Así comenzó todo. La primera noche de bombardeos, la primera de muchas que pasamos en vela a la puerta del Hospital Kamal Adwan, Vittorio ya quemó la batería de su teléfono hablando con Italia, contando lo que veíamos.

Como la quemó durante tres semanas transmitiendo sus crónicas para Il Manifesto, como la quemé yo para transmitir mis crónicas para El Mundo. Compartiendo libreta, bolígrafo y fuego, él para su pipa, yo para mis 100 cigarrillos diarios.

Compartimos, sobre todo, mucho silencio cómplice. Mucha espera. Mucha impotencia. Mucho suelo sin colchón. Observando, preguntando, escribiendo, filmando, abrazando, dando condolencias, saltando al interior de un vehículo junto a Marwan, encontrándonos con el infierno al final de cada viaje. Y conociendo seres humanos excepcionales. A personas que mientras conducían a oscuras, esquivando bombas y fósforo blanco, Vittorio arengaba y gritaba, desde la parte posterior del vehículo “Jallah Schumacher, Marwan, de aquí a la Fórmula Uno”.

Así se escapaba y nos hacía escapar Vittorio del miedo durante los rallies nocturnos recogiendo palestinos muertos y heridos.

Ese es Vittorio. El que sin hablar una sola palabra de árabe conseguía que todos los conductores y paramédicos de las ambulancias riesen y se abrazasen en el peor de los contextos posibles.

Tras el final de los bombardeos, permanecí en Gaza apenas 24 horas Pero Vittorio se quedó. Aquellas 24 horas que para mí se conviertieron en una mala resaca, en una rueda de prensa al final del partido para Vittorio se convirtieron en muchos meses más.

Esos meses que marcan la diferencia.

Vittorio sabe de qué habla. Cuando todos nos fuimos, él se quedó. Ha vivido ininterrupidamente más de dos años en la Franja de Gaza asediada.

Un tiempo que dejará los ojos de Vittorio anclados en el gris ambiguo de quien ya podrá responder para siempre a cualquier pregunta con silencios más elocuentes que todas las palabras inventadas por Dante para describir el puto infierno.

Lo que marca su compromiso humano. Lo que quedó en Gaza tras aquella carnicería. Lo que ha sucedido cuando nadie quiere escuchar, cuando a nadie parece importarle ya lo que allí sucede. Vittorio tiene la voluntad de los persistentes. La honestidad de quien está dispuesto a llegar hasta el final. Con principios y convicciones. Vittorio no es un aventurero. Vittorio es un luchador. De los que ya no quedan.

Mientras yo giraba por foros y conferencias explicando lo vivido, mientras yo editaba el documental filmado junto a Vittorio, él seguía en Gaza. Acompañando a los granjeros en la frontera, recuperando cadáveres que se descomponían en el campo, recogiendo lentejas en Khan Younis al tiempo que francotiradores israelíes hacían silbar balas a centímetros de sus piernas. Escribiendo y grabando vídeos. El último, de hace menos de una semana. Explicando cómo se sentían sus vecinos durante los últimos bombardeos.

Vittorio es de los que se quedan cuando se apagan las cámaras y las luces. Y eso le diferencia, situándome a mí como vedette de la espectacularidad breve e intensa de los fuegos artificiales y a él como luchador. Dando ejemplo de coherencia. Un espejo en el que mirarse al que nunca llegaré a tratar de compararme. Vittorio Arrigoni es, por supuesto, más palestino que los hijosdeputa que lo han secuestrado.

Así que no me jodas. No te mueras antes que yo, hermano.

La voz de la calle. La gran broma final.

abril 6th, 2011 § 39 comentarios

“Dejan los tambores de tocar. Y un gong anuncia la retirada”.

El aborto de un periódico es una noche en vela. La mejor oportunidad para escucharse de un tirón el último disco de Nacho Vegas.  Grandilocuencia, poca. Quejidos, los justos. Pero dignos.

“Se discute la capitulación mientras de fondo suenan carcajadas”

Nos quedan, por un rato, los ordenadores y una conexión a internet. Para contar las horas. Cuando se haga de día, alguien llegará que nos hable de leyes. Después, todo se diluirá. Mezcla de tiempo y anécdota. La ilusión que nos queda se apagará tan rápido como un trending topic cualquiera. Es lo que tiene la realidad. Una última noche perdida en la redacción, una asamblea que difícilmente lleve a ningún lugar y horas perdidas debatiendo. Saldremos de aquí -quizás caigan unas cuantas cañas más- y cada uno por su lado. Ni encierros que llaman a risa ni locos extemporáneos. Memorabilia, la mínima.

No apetece ni escribirlo. Desengañémonos. Eso ya pasó.

La esperanza duró tres semanas. Pensamos que sucedería algo. Que tendríamos tiempo para intentarlo. Que quedaba una última oportunidad para crear un medio. Que existía una puerta de entrada al periodismo. Que se diseñó un plan de negocio, se jugó con unos meses de margen o había una mínima reflexión detrás de la liebre levantada. Que nadie podía ser tan desalmado como para convocar a 40 personas, modificar sus vidas, pedirles que se mudasen, que dejasen trabajos y que creyesen más allá de sueldo, condiciones u horarios dejándoles tirados a las primeras de cambio.

Quisimos creerlo. Probablemente engañándonos a nosotros mismos.

Aceptamos lo que se nos ofreció. Sin rechistar. ¿La web? Ya la mejoraríamos entre todos. ¿El criterio editorial? Se construye con el tiempo. Firmas no faltan. ¿La coordinación de equipos y los procedimientos de trabajo? Día a día.

Queríamos que se nos escuchase. Porque pensábamos que merecería la pena. Pero tampoco lo exigimos. A nadie se le ocurrió preguntar ni exigir nada. O, mejor aún, se nos ocurrió pero esperábamos. Ya nos explicarían. Porque tenían nuestra confianza.

Ingenuos. Tres semanas trabajando sin contrato. Por la izquierda transformadora. Nadie protestó. Porque nos interesaba más que fuera cierto lo que nos contaban. Que existía la posibilidad de sacar adelante un medio de comunicación. De ser periodistas. No íbamos a pararnos en menudencias. Quedaban pocos gigantes por caer, si es que alguno. Y me pregunto de nuevo. ¿Cómo pudimos ser tan ingenuos?, ¿cómo hemos podido dejarnos engañar así?

Ahora, 45 problemáticas diferentes. Ni más ni menos importantes que las de otros 4 millones de personas que saldrán a la calle mañana a buscar empleo. Pero duele. Duele el engaño. Que hayan jugado con  la ilusión. Con la confianza. Con las ganas.

La próxima vez casi mejor si se lo piensan, grandes nombres de la izquierda, antes de joder una vez más a los de siempre.

Sin más.

Teheran on the rocks – PIELdeFOTO.

febrero 25th, 2011 § 1 comentario

Este es el texto con el que se inaugura A CONTRAPIEL en PIELdeFOTO. La revista se distribuye en Barcelona. Para mis amigos de fuera de Barcelona y los reticentes a leer en ISUU, lo cuelgo aquí. Pero insisto, si vives en Barcelona, consíguela en papel. Estos textos sólo pueden existir gracias a iniciativas como PIELdeFOTO. Merece la pena colaborar. Desde cinco euros en Verkami.  

(i)

“No hemos venido al mundo para disfrutar”. Vaya. Ha sido encender la televisión del hotel y recibir una frase tan lapidaria como acongojante, tenebrosa y aguafiestas. La conductora del programa de la televisión iraní que la ha pronunciado no llega a la treintena. Me mira desde la pantalla del televisor. Acento británico perfecto. Voz, cristalina. Sonríe al tiempo que habla, con una suavidad extrema, sobre las lecciones políticas extraíbles del debate político entre el Profeta Mahoma y su hija Fátima. Lo traduce al lenguaje de los mortales con una de esas escalofriantes sonrisas convencidas de encontrarse en posesión de la verdad. No es para menos. Ha pronunciado las palabras “ley” e “infalibilidad” en la misma frase.

Por si fuera poco, lo acompaña con un gesto artificialmente suave. Controlado. Dirigido por un dedo índice que baila como un diapasón, listo para levantarse rítmicamente al cielo cada vez que surge la palabra “Dios”.

“Occidente fracasa en su intento de expandir la islamofobia”. Más frases lapidarias. El carrusel de noticias que circula por la parte inferior de la pantalla ayuda a crearse una composición de lugar sobre la visión que el gobierno de Ahmadineyad tiene de la escena internacional. Ya sea contra el aislamiento, “Altos cargos iraníes negocian en Kazajstan una mejora de las relaciones bilaterales”, o en defensa de su visión de Oriente Medio, “Hamas advierte a los sionistas de la Autoridad Palestina para que no acepten la iniciativa de negociación israelí”. Respecto al culebrón de la carrera nuclear afirma que “Irán nunca jugó la carta rusa”. Sahar Universal Broadcasting  no deja dudas respecto a su línea editorial.  

El panorama sólo permite dos opciones. La del interés periodístico por la actualidad, que pasa por prepararse un café para dedicar la tarde a conocer, con seriedad y respeto, los argumentos que defienden que el mundo no es un lugar para disfrutarlo a partir de un diálogo mantenido hace 13 siglos. O la de la curiosidad vital; a pagar inmediatamente el aparato y salir a las calles de Teherán.

(II)

Consulto por teléfono a una amiga, N, que espera mi llamada. Le cuento lo que veo y se ríe del dilema. “Mentalízate. En Irán todo está prohibido pero al mismo tiempo podemos hacer lo que queramos. Esa chica, probablemente también beba alcohol y escuche música cuando sale de la televisión y se reúne con sus amigos. No te la tomes demasiado en serio. Paso a buscarte”. Nos encontraremos en la recepción en media hora.

Se mueve con soltura por el vestíbulo del hotel. Me saluda, pero antes de sentarse y aceptar la invitación a café, decide presentarse -ostensible e inmediatamente- ante las dos traductoras que el Festival de cine que me invita a Teherán ha puesto a mi disposición. “Alberto es mi amigo y me responsabilizo de él, no os preocupéis. Voy a enseñarle la ciudad”.

Ha conducido su propio coche desde el norte de Teherán, donde vive, hasta la entrada del hotel más lujoso de la capital. Cumple, rayana en el pecado, con el código de vestimenta impuesto por los Ayatollahs. Anchos el pantalón y la camisa. Intercambiables en lo colorido por el atuendo de cualquier barcelonesa. Tocada con un pañuelo que se cae sobre los hombros más de lo que se sostiene sobre el pelo, que nunca alcanza a tapar. Puro protocolo. Es admirable la destreza con la que las jóvenes iraníes lo manejan, en un gesto sumamente atractivo, para que nunca repose sobre los hombros más tiempo del que alguien podría tardar en acercarse a reprochárselo. La resistencia convertida en elegancia.

No es fácil que una iraní acepte enseñarle la ciudad a un extranjero. O responsabilizarse de él frente a la institución oficial que le ha invitado al país. Otra traductora, con la que contacté a través de un periodista español que trabajó con ella durante las elecciones de 2009, respondió de manera más evasiva a mi petición de guía: “Cada periodista extranjero necesita pedir permiso para trabajar y hacer reportajes al Ministerio de Asuntos Culturales. Además debes presentarte a través de una empresa “privada” pero vinculada al Ministerio. Hablan inglés, así que podrás contactar con ellos directamente. Por muchas razones prefiero no tener ninguna relación con esta gente, que no me gusta nada. Perdona que no pueda hacer más por ti. Hazme un favor, no guardes ningún email mío en tu bandeja de entrada, por favor. Te lo digo por mayor seguridad para los dos. Espero que me entiendas”.

Que N o S o F acepten moverse conmigo con toda naturalidad no es, por tanto, tan obvio.   

Llego con N hasta el lugar en el que trabaja su amiga F, un pequeño estudio de animación en pleno centro de Teherán. Tras las presentaciones, entramos directamente en el despacho de su novio, el director. Se abre la nevera y aparecen arak (un licor que acostumbra a diluirse en agua) y cerveza. Mezclados con hielo no tienen nada que envidiar a muchos de nuestros cócteles. Alcohol, tabaco, chocolatinas y, como música de fondo, un concierto de U2 en una gran pantalla de plasma. Se ha acabado la jornada laboral y comienza el relax. “Aquí es donde nos reunimos y pasamos las tardes. Todo esto entra vía Kurdistán, desde Irak. Ya te lo dije. Con nosotros puedes acceder a todo lo que está prohibido en la calle”. Pero no se trata de drogas ni de material robado. Ningún aire de marginalidad. Al contrario. Sofisticación en el atuendo, cortes de pelo a la última moda, parejas de novios que se divierten bebiendo y bailando juntos en una oficina del centro de Teherán. ¿Qué quieres?. ¿Programas para el Mac? Mañana te los llevamos al hotel. La fiesta concluye jugando una partida en línea al Call of Duty 4. Me aniquilan.

F lleva un lazo verde en pelo, pulsera verde, camiseta verde. Todo es verde revolucionario debajo del gran pañuelo negro con el que se cubre cuando sale a la calle. Ella y todos sus amigos serían público objetivo de cualquier local barcelonés moderno. Inglés fluido. Su actitud no es dramática o impostada. La política, puro trámite ante el extranjero. Hay que hablar un rato de la situación, con desgana. “Cuando nos dimos cuenta de que estaban dispuestos a matar, regresamos a casa. No tenemos hambre ni frío. Tenemos trabajo. Sólo pedíamos libertad pero no estamos dispuestos a morir por ella. Esa es la realidad. Nuestra revolución era en defensa de la vida, de la alegría y de la libertad. No queremos más política que esa. Que nos dejen vivir en público como vivimos en privado”.

La censura es otro de sus problemas. La censura que trata de impedirles recibir información, fácilmente burlable. Y la que les impide producir, mucho más dañina.

A estas alturas del partido, y gracias a Internet o al manejo de los proxys (direcciones que ubican el ordenador en otro país) sirve de poco que la televisión no emita las series que se quieren ver, los cines no  proyecten películas poco sensibles con el rigor islámico o no pueda comprarse abiertamente en las tiendas la caja con la filmografía completa de Abbas Kiarostami. Para eso están la trastienda y la informática. Donde todo fluye con normalidad.

Pero la censura respecto a su participación en la producción nacional tiene otras consecuencias. Pequeñas empresas productoras como la que me acoge esta noche caminan directas a la quiebra si persisten en crear con libertad. F me muestra su último trabajo, un corto de animación de apenas cinco minutos. Bien dibujado, bien musicalizado, ágil y simpático. Pero con una altísima carga de denuncia. Dos ancianos se aburren. Dos ancianos cantan rap. Se les prohíbe cantar. Emigran a Europa. Lavan platos. Censurado. ¿Por qué son ancianos? Pregunto. “Porque en Irán los jóvenes no existimos”. Resultaba obvio. “La televisión que nos lo encargó no ha sido autorizada a emitirlo” ¿Porqué no lo enviáis al extranjero? “Si lo enviamos a Europa y tiene éxito, nos castigarán. Si lo guardamos en un cajón y no podemos rentabilizarlo, hemos perdido tres meses de trabajo. Nos vamos directos a la quiebra”.

Nunca tomé nota de los nombres.

Digamos que es guionista de televisión y tiene 27 años. “Mi serie favorita es “True Blood” aunque la segunda temporada ha perdido calidad. Si sabes buscar el proxy y dejas el ordenador descargando por la noche, puedes acceder a todo lo que quieras. Aquí no funciona el Copyright. Tengo más de 1000 películas y series almacenadas en discos duros. Casi todas prohibidas. ¿Youtube, Facebook? Eso es cosa de niños”. ¿Participaste en el movimiento verde? “Estuve detenido 8 días”. Su hermano interrumpe la conversación. “No hables de política”. No insistiré.

“Ahora tengo que escribir un guión sobre un ataque contra Irán. Me piden que lo organice la CIA y el Mossad. Por ahora he conseguido convencerles de que sean mercenarios contratados por el Club Bilderberg. Me parece más realista. Pero sobre todo, intento llevar la contraria como actitud vital. Son muy aburridos y nos divierte ponerles nerviosos todo el tiempo. No pueden despedirnos a todos. Vamos a cenar a mi casa”.

El supermercado está abierto pasada la medianoche. ¿Es normal? “Sí. Por corrupción. Le pagan a la policía y todo solucionado. Si la policía nos parase de camino a casa, tú te callas, les pagamos algo y nos dejan en paz sin mirar el maletero”.

¿Sabéis donde vive Musavi? ¿Es cierto que está en su casa, bajo arresto y rodeado de policías? ¿Podríamos pasar por delante? Sólo quiero verlo. “¿Estás loco? Ni hablar.”

Norte de Teherán. Clase media alta. Cena copiosa. Más alcohol. El hermano de mi nuevo amigo guionista ha venido a pasar unas semanas en casa. Estudia en Londres. Quiere convencer a su hermano para que le acompañe a Europa. En esta familia no hay problemas económicos. Esa no es la cuestión. Desde el primer momento ha insistido en que no se hable de política. Nada digno de reseñar en una conversación que gira durante horas en torno al conocimiento enciclopédico de los asistentes de la cultura audiovisual occidental. Tanta erudición no puede más que responder a la necesidad de transmitirle una idea al extranjero. “Quítate la venda que te tapa los ojos. No somos orientales. No somos musulmanes, al menos como tú lo entiendes. No somos diferentes. Somos como tú. Este gobierno nos avergüenza profundamente”. Eso ya lo sabía. Gracias por la cena, las cervezas y la compañía. Regreso borracho al hotel. No enciendo la televisión porque no quiero que nadie me repita que no hemos venido al mundo para disfrutar. Reflexiono sobre una libertad que se mide en el número de series de televisión norteamericanas que pueden llegar a albergarse en un disco duro. 

(iii)

En los kioskos pueden encontrarse varios periódicos en inglés. Nada que reseñar. Notas de agencia. Traducciones de noticias europeas y enfoques propios sobre las negociaciones internacionales en torno a la carrera nuclear. Los textos de opinión, de clérigos. Todo muy previsible. La mejor opción, comenzar por un café en el teatro de la ciudad, que comparte recinto con una galería de arte moderno. Dos exposiciones coinciden en el tiempo. Fotografía conceptual sobre la mujer. Blanco y negro, evocadora y sutil, destilando ansias de romper con sus cuerpos. Imágenes de mujeres anónimas difuminadas por la niebla del desenfoque. Pura realidad iraní. En la sala contigua, una serie de collages pop. Denuncia contra los bombardeos israelíes sobre Gaza. El espacio teatral, lleno de gente joven, en el que se habla de todo con todos, agota localidades cada tarde. Se representa esta semana la versión persa de Macondo. La belleza de las mujeres, apisonadora. La elegancia de los jóvenes, absolutamente estudiada. Sofisticación. El director del teatro y los responsables de la obra charlan con el público a la entrada y salida de cada representación.

Tras los saludos, entramos en detalle. Aquí nadie se oculta. Todos se conocen entre sí. Los funcionarios de la cultura oficial comparten mesa sin mayores problemas con los artistas censurados. Queda clara, por tanto, la naturaleza del problema, que aumenta políticamente si avanzar en tanto fractura social. Mi amiga S aún no ha podido estrenar su primera película en Irán. La conocí en un festival de cine en Europa un año atrás. ¿Sabes lo que no les gusta de tu película? “No”. Nadie me lo ha comunicado. ¿Puedes hacer algo al respecto? “No. Podría emigrar a los Estados Unidos junto a mi marido y mi hijo pequeño”. ¿Por qué no lo hacéis? “No quiero que mi hijo deje de ser iraní. Hemos decidido que no nos iremos hasta que no aprenda persa correctamente, hasta que no conozca la historia, la cultura, el teatro, la poesía o las tradiciones de Irán. Luego nos iremos. Por ahora hemos encontrado una escuela, gestionada por las Naciones Unidas en la que no se le adoctrina. Podemos esperar”.

Su marido se suma a la conversación. Con noticias. Acaban de retirarle el permiso de filmación en la calle a la película en la que trabajaba desde hace semanas. Es maquillador. Ha ganado todos los premios que se pueden ganar en el cine iraní. Acaba de quedarse sin trabajo. Como el resto del equipo. ¿Qué vais a hacer? Mañana el director se reúne con los responsables del cine en el Ministerio de Cultura. Le gritarán. Le humillarán. Le insultarán. Le dirán que piensa más en el extranjero que en Irán, que sirve a la propaganda contra el país. Le asustarán de todas las maneras posibles. Le pedirán que modifique el guión. Si acepta, si les da la razón, si agacha la cabeza, quizás nos dejen continuar. Pero con el miedo metido en el cuerpo. Sabiendo que no nos permitirán estrenarla nunca. Que será la última. Que nuestros nombres ya están inscritos en las listas de quienes no deben trabajar. Es opresivo. Es agotador. Es deprimente.

El relato de la censura les asfixia. Tratan de obviarla y buscar elementos positivos para mostrarle al extranjero. No quieren transmitir una imagen tan negra de su país. Vayamos a ver alfombras. Cambiemos de tema.

Si en Kabul es imposible caminar sin que decenas de mujeres “emburkadas” y niños harapientos le ofrezcan calcetines al extranjero o en Bagdad no hay checkpoint que se precie sin que sus vendedores de donuts asalten a los conductores, el producto estrella de la venta callejera en Teherán es el maletín de oficina. Todos iguales, directos desde proveedor chino, de 10 en 10, sobre una sábana, tendidos en la acera, sirviendo de obstáculo para la cantidad increíble de viandantes que tapona, por ejemplo, la avenida Enghelab. Que otro día fuera escenario de una revolución verde y hoy revive en su caos circulatorio.

Los vendedores de maletines compiten con niños afganos que ofrecen celofán o chocolate. “Cómprame esto e irás a la Meca”. “No quiero ir a La Meca”, responde N. “Pues irás a Estados Unidos”. N acepta el trato. “Te lo compro”. Tampoco quiere viajar a América pero la inteligencia del niño le ha ganado la partida.

Nos dirigimos al zoco de Teherán. El más grande. El central. Antes nos detendremos porque necesitan realizar compras diarias. Entran en una farmacia. Me siento en un banco en la calle. Comienzo a sacar fotografías. Imágenes del tráfico. Sin moverme del lugar en el que me he sentado. Abiertamente, sin atisbo de clandestinidad. Me resultan llamativas las motocicletas. Disparo una secuencia de muchas motos, de ninguna moto, pienso en una serie. Hombre solos, hombres de a dos, hombres con su familia. Hasta cuatro personas por moto. Ni cinco minutos tardan en pararme. El policía, de paisano, no habla inglés. Me pide la cámara. No sabe usarla. Quiere ver las fotos. Las ve. No hay nada que ver. Me pide que las borre todas. Me pide la documentación. Se la enseño. Mis amigas se ponen a discutir con él. A gritos. Vámonos de aquí. Acabo de descartar la posibilidad de salir solo a la calle con una cámara en la mano. Ni me imagino las molestias si tratase de hablar con alguien.

El Zoco. Apenas sí se puede caminar. Ropa interior, menaje de cocina, dulces, toallas, orfebrería, aparatos de radio. Sobre todo, mucha gente. En medio del atasco humano. Ruido. Parece música. Parece música rock. ¿Pero no estaba prohibida? Un joven camina con una carrito entre la multitud. Un reproductor de mp3 conectado a un altavoz. Vende decenas, cientos, de cd´s y dvd´s. La policía patrulla, uniformada, entre el público que satura las calles del zoco. ¿No le dicen nada? No. Saco una fotografía y volvemos a perdernos en la marea de compradores que nos arrastra. Hasta un punto determinado. Hasta un claro que se abre en medio del bosque de abayas (túnica negra hasta los tobillos que llevan las mujeres iraníes) . La plaza de las alfombras. Vacía. Vacía. Vacía. No hay turistas. Nos encontramos con auténticas obras de arte. Las famosas alfombras persas. Muy lejos del poder adquisitivo medio de cualquier ciudadano medio. Sin turistas, no hay negocio. ¿Vienen turistas? pregunto. No. ¿Por qué? Ya sabes el porqué. Conclusión, N que sí va a comprar una alfombra ya que debe un regalo de boda, la verbaliza: “El arte iraní se encuentra por los suelos. Y cuanto más se pisa, más calidad adquiere”.

(iv)

Vacío monumental en las salas del Festival de cine y resistencia “Moqavemat”. Si la pregunta cae del lado de alguno de mis conocidos la respuesta es obvia. “Los jóvenes no participamos de actividades promovidas por el gobierno. Estamos hartos de guerra y resistencia. Además, estamos un poco hartos de los palestinos. Nosotros somos los palestinos de Irán”. Si se inquiere a los organizadores, la logística vence como factor explicativo. “Hemos programado demasiadas sesiones en diferentes puntos de la ciudad y el público se dispersa” .

Durante una de las proyecciones del festival, soy testigo de una escena interesante.  Dos jóvenes taquilleros, voluntarios de la organización del Festival, comparten cigarrillo y té con el extranjero. Pasa el rato. La espera deviene tediosa. Una joven camina por la acera y soy testigo de esa costumbre machista tan ibérica como universal. Los ojos que radiografían y desnudan, el verbo ágil, que comienza a improvisar frases pretendidamente ocurrentes y el gesto. Dedos pulgar e índice de una mano formando un círculo. Prestos a ser perforados en repetidas ocasiones por el índice, ágil, de la otra mano. No es necesario conocer el persa con precisión para descifrarlo. Sorpresa. ¿Agacha ella la cabeza? ¿Acelera el ritmo, avergonzada? Nada más lejos de la realidad.

Se da la vuelta, encarándose a los dos jóvenes que la han insultado. Comienza a exigir disculpas a gritos. Firme. Sin atisbo de temblor en su voz. Un par de chicas que pasaban por allí se paran junto a ella, dándole la razón y recriminándole a los hombres su actitud. Ellos se defienden como pueden y se niegan a pedir perdón. Comienzan a esgrimirse teléfonos móviles. Graban la escena con ellos. Amenazan con llamar a la policía. Llegan las disculpas. Mi sorpresa es mayúscula. “No. La policía, no”.

Taxi. Al centro de conferencias. “¿Eres periodista?” Sí. Apunta. “El presidente nos ridiculiza ante el mundo. Además, cada vez que habla, la gasolina sube 100 rials. Hace un año costaba 100 rials el litro. Ahora cuesta 400. Cuando vuelva a viajar y provocar al resto de países, costará 700 rials y yo me arruinaré. Tendré que dejar el taxi. Mientras Irán ayuda a Líbano y a Palestina, el resto del mundo nos ve como terroristas. Los únicos extranjeros que pueden verse en Teherán ahora son los chinos. Los turistas occidentales han desaparecido de la ciudad. Nos estamos aislando del mundo por culpa de este Presidente, de este dictador. Sí, apunta, apunta, dictador.” Buena suerte. 

 (v)

La cena, a una hora en coche de Teherán. En las montañas. Casa de vacaciones. El lujo es sobrio, elegante, diseñado, sofisticado. Podríamos estar en la ladera del Tibidado Barcelonés. Sólo cambia el idioma. Suena Belle and Sebastian. El bar, perfectamente provisto de cualquier licor al uso. La comida, variada y de encargo. Nadie ha cocinado para surtir la mesa. Varias parejas que superan la treintena por poco. Ni casados ni con hijos. Profesionales del cine, el diseño, el márketing con estudios en el extranjero. 

Una de las asistentes, una actriz conocida y de éxito, abrió un café-restaurante, punto de encuentro cultural. Apoyó en público a Musavi durante la campaña electoral. le quemaron el local. ¿Has hecho algo para denunciarlo? “No”. ¿Por qué? “Porque no podemos. El perfil que toca ahora es el del silencio y la espera. No conseguiríamos nada.”

Ella, la más joven, la única de las personas que se decide a articular un discurso, trabaja en la filial iraní de una gran compañía multinacional. No se necesita más información para presentarla, convertida en portavoz del grupo de amigos. “Te detienen durante un día y son ellos los que se sienten humillados por nuestra actitud de no asustarnos. ¿Queréis que os tenga miedo? No lo vais a conseguir. ¿Queréis que llore? No lo vais a conseguir. De mi boca no saldrá ni un solo insulto hacia ellos”. No va a irse del país como han hecho ya tantos de sus amigos. Podría hacerlo sin mayor problema. Viaja a Europa de vacaciones cuando quiere. Su resistencia pasa por quedarse. “No voy a dejarles que me digan como tengo que vivir. Tampoco tengo ninguna intención de conseguir una pistola y luchar contra ellos. Aunque el precio a pagar sea que nunca más veamos una revolución en este país. Aceptémoslo. No somos suficientes. No podemos derribar al régimen. Tenemos que vivir con ellos y entenderles si queremos que ellos nos entiendan. Yo no quiero convertirme en fascista. En este país ya hay demasiados”.

¿La carrera nuclear os preocupa? “Por supuesto. Sabemos que Israel o Estados Unidos Unidos pueden atacarnos en cualquier momento”. Me refería a la vuestra. “Quedan años para que Irán tenga armas nucleares. Es lo único en lo que estamos de acuerdo con el régimen. ¿Por qué Israel puede tener armas nucleares y nosotros no? ¿Estáis al tanto del caso de Shakineh Astiani? “Lo conocemos. Pero no entendemos el escándalo que se ha desatado. Murieron decenas de personas durante las protestas. Torturaron a miles, hay cientos de desaparecidos y una generación entera, la nacida a partir de la revolución islámica, que abandona el país a la primera oportunidad. En Irán hay pena de muerte como en tantos otros países. Como en Estados Unidos. Allí ejecutan a deficientes mentales y a inocentes. Este régimen es bárbaro. Pero no por ese caso, sino en su conjunto”.

El resto de asistentes calla y mira. El consenso es absoluto. La interrumpen para ayudarle  traducir algún concepto del persa al inglés mientras habla. De nuevo, la sensación es de puro trámite. La realidad no puede negarse. Pero es tan cierta como el desinterés político en el que transcurre su vida diaria, que continua, protegida en los reductos de privacidad de sus hogares y sus cuentas corrientes. No necesitan irse. Por eso no quieren irse. No necesitan morir. Por eso no quieren morir. No son revolucionarios ni lo han sido nunca. Lo que sucede más allá de las paredes que les acogen les afecta hasta el punto de proporcionarles un tema de conversación recurrente durante las bien nutridas sobremesas de sus encuentros sociales. 

En sus charlas, habituales, con extranjeros. La frustración es evidente. Regada con buen whisky y ambientada con los últimos éxitos del pop internacional, prohibidos pero accesibles ambos, deviene en lágrimas de impotencia. O de exaltación alcohólica de la amistad. “Han matado, han encarcelado y han torturado. Los jóvenes más brillantes del país se van y han conseguido que no haya manifestaciones en las calles. Pero saben que no podrán vencernos nunca. Que la mayoría sigue viva y la caída del régimen es sólo una cuestión de tiempo. Somos tantos en Irán los que les odiamos que a través de nuestra resistencia pasiva y nuestra negativa a colaborar con el régimen les venceremos tarde o temprano”.

 

 

PIEL de FOTO/ A CONTRAPIEL

febrero 23rd, 2011 § 3 comentarios

Circulaba ayer un vídeo de la corresponsal de TVE Rosa María Molló bajo el título “La imposibilidad de informar desde Egipto” en el que se ve como los shebab (niños y adolescentes que salen de debajo de las piedras en cualquier país árabe) hacen “el shebab”. Se ríen al ver una cámara y saltan y saludan y dicen “grábame, grábame”. Una escena graciosa sin mayor trascendencia convertida en noticia. Así está el patio.

Si en esa escena radica la imposibilidad de informar, sálvame oh! Twitter de Martin Chulow que, mientras tanto, avanza en solitario por Libia con el apoyo de The Guardian y contándonos en 140 caracteres lo que ve a su paso. Imagino que sin fijarse demasiado en los shebab que le saludan. Sana envidia ante el trabajo de un profesional en el que a muchos nos gustaría poder vernos reflejados.

Martin Chulow demuestra, como sucede en cada revuelta, bloqueo o guerra, que se puede. Y que interesa. Pero que necesitas el apoyo de alguien para hacerlo. Conozco a una docena de personas que podrían saltar a un avión en 24 horas y sabrían contarlo. Pero no tienen el apoyo de nadie. No pueden rascar más. No pueden pedir más préstamos. No quieren escribir más emails sin respuesta.

Pero no estamos aquí para quejarnos otra vez, cansinos, y  jugar a disfrazarnos de la Norma Densmore de Sunset Boulevard. Que apenas tenemos 30 o 35 años y peinamos las justas canas. Ya basta. Ya pasó. Ya fue. Se acabó. Aburrimos. Aburren.

Ellos en su mundo, nosotros en el nuestro.

Encima, a gusto.

El jueves pasado en Las Delicias, Rambla de Raval, tres de los miembros fundadores del PFF (Plataforma de freelance fracasados) nos disponíamos a llenar de cerveza una noche más en la que cagarnos en el mundo. Y contarnos lo mal que está el patio jugando a la misma chapa de siempre cuando nos asaltaron dos sonrisas. 

Parte del equipo de PIEL DE FOTO ordenador en mesa, PDF en pantalla se daba la vuelta y nos mostraban el nuevo número aún calentito. Qué casualidad! A dejarse de ostias. ¿Mola o no mola? Tipo de letras, espacios, fotos, maquetación. De eso es de lo que hay que hablar. El resto sobra.

Y mola.

El número seis de PIEL DE FOTO ya circula, con la tinta aún húmeda. Comienza a distribuirse por Barcelona. Caja a caja, con editores voluntarios, fotógrafos voluntarios, redactores voluntarios, repartidores voluntarios, página web y flashmob incluída. Van ya seis números de una revista de fotografía documental en papel que sobrevive y crece. Sin ánimo de lucro. Por hobby. Por pasión. Sin salarios. Sin discursitos baratos. Sin hipocresía. Sin pontificados, líderes ni gurús. Con muchas fotos. Con reportajes. Con una crónica en páginas centrales, una nueva sección que se llama A CONTRAPIEL y que surge, como todo lo bueno, de la sonrisa, la casualidad y las ganas.

PIEL de FOTO, como casi toda iniciativa de este ámbito, crece tanto que en cualquier momento puede explotar y hundirse. ¿Qué es A CONTRAPIEL? A CONTRAPIEL es esto: ¿Porqué no le sumáis una crónica larga? Son ocho páginas escritas en Teherán que no he conseguido publicar. Se la sumamos. Más dinero. Más gastos. Más problemas. Pero mientras no se hunde, la revista crece. Gracias a la profesionalidad no correspondida, esto es, a profesionalidad de la buena, de la perenne, de la que existe sin recibir nada más a cambio que cumplir con la vocación, con lo que querías ser de mayor. Con ese papel que llevas a casa porque te hace ilusión mostrárselo a tu madre. Las facturas ya las pagarás otro día.

Y explora. Explora temas a través de la foto. Y formatos y temas a través de la letra. PIEL de FOTO/ A CONTRAPIEL. Que he tenido el honor de inaugurar. Con emoción. ¿Qué pensarán los lectores?. ¿Habrá feedback?. ¿Se entenderá?. ¿Conseguiremos un reportaje o una crónica para el siguiente número? ¿Habrá siguiente número?.

Sí. Claro que lo habrá.

Verkami y el crowdfunding. En menos de dos semanas y a través de donaciones se ha conseguido la mitad del dinero necesario para que el número 7 salga a la calle. Queda un mes para recaudar apoyos. De 20 euros en 20 euros. Por ahora 101 personas han puesto una media de 15 euros por cabeza. Desinteresadamente. Con ganas. Con una ilusión y un apoyo que no se puede defraudar. Que no podemos dejar caer. Al que hay que responder.

Es casi tan bonito como una buena canción pop. Un grupo de amigos se juntan, sacan una revista, la difunden. Se levantan, se caen y se vuelven a levantar. Se juntan más amigos. Acaba circulando por la ciudad. Por las barras de los bares. Por Internet. Por el canal de la ilusión. Y alguien se la cree y aporta euros. Y vuelta a empezar.

Si tuviésemos sueldo por hacerlo, nunca habría salido. Ni lo dudo. Ahora que está en la calle, a soñar un rato más. Y que cada vez que los frustrados nos sentemos en un bar a pedir la primera ronda, nos encontremos con PIEL de FOTO.

Para zanjar la discusión (Manu y Alberto) una canción. “Dejan los tambores de sonar y un gong anuncia la retirada…se discute la capitulación mientras se aproximan carcajadas…”. Una de las nuevas de Nacho Vegas, que ha creado un sello llamado Marxophone y también se autopublica en CreativeCommons. Otro que sabe lo que se hace. 

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